Navidad en otoño

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Lento, pero viene. Eso dice Mario Benedetti del futuro. Rápida aunque todavía parezca otoño (para que luego digan que no señales de cambio climático), se acerca la navidad. A varios de mis amigos no les gusta su brillo gastado de consumismo desorbitado, felicidad postiza y buenas intenciones que se disuelven en el humo de las chimeneas de las casas que aparecen en las películas norteamericanas con las que nos asedian las televisiones mientras tragamos casi a la fuerza mazapanes y turrón. No hay escapatoria posible, y aunque el año pasado me las ingenié para pasar en Egipto parte de tan felices días, y me sentí más cómoda descubriendo El Cairo que dejándome aplastar por el gentío de la Plaça Catalunya de Barcelona, esta vez debo resignarme y aprender a decir no, gracias, no quiero más comida.

diciembre 5, 2006. Barcelona. Deja un comentario.

Maullidos

Gato

Allí estaba de nuevo. La señora de los gatos, como solíamos llamarla Marcos y yo. Una mujer delgada, de unos sesenta años, con gafas de concha y falda gris, que llamaba a sus amigos felinos a gritos, en una alegre mezcolanza de maullidos y castellano.

Vas a acabar como ella, solía decirme Marcos. He de decir a mi favor que nunca me he dirigido a ningún animal en su idioma, aunque acaricio a todos los que se dejan y de este modo me consuelo por no dar cobijo a ningún ser peludo.

Una de mis gatas favoritas del barrio había parido hacía pocas semanas. Las crías empezaban a hacer sus primeras excursiones por los alrededores. La idea de llamar a Progat antes de encontrarme a alguna convertida en papilla bajo las ruedas de un coche me tentaba, pero no quería hacerlo sin comentarlo con la señora de los gatos, que parecía haberlos adoptado con una fiereza casi comparable a la de la gata que los había traído a este mundo.

Allí estaba de nuevo, dándoles de comer. Me acerqué e intenté llamar su atención:

– ¡¡Qué!! Los asustas Mira, se esconden de ti. ¡Vete! ¿No te gusta lo que hago? Claro, a todos les encantan los gatos, sí sí. ¡Y luego me ponen verde! ¡Sólo les doy de comer yo! ¡Vete ya! ¡Miaaaau! ¡Miauuuu!

En vano intenté explicarle mis buenas intenciones. Me alejé oyendo el eco de sus insultos y algunos maullidos desesperados y cariñosos obviamente dirigidos a los gatitos, que se habían escondido debajo del coche más cercano. Marcos me miraba desde la puerta de casa con una sonrisa de media luna pintada en la cara.

noviembre 29, 2006. Barcelona. Deja un comentario.

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