Instinto motero

why

Ir a presión entre cuerpos sudorosos a primera hora de la mañana y llegar tarde repetidamente al trabajo a causa de paradas imprevistas del metro, por no hablar del simple hecho de tirarte más de la mitad de tu vida desplazándote por las entrañas de la ciudad, ha hecho que un día me descubriese observando con interés las formas y colores de los ciclomotores aparcados en las aceras de la ciudad. Me aterra el tráfico urbano, pero empiezo a desarrollar todos los síntomas de la aversión al metro. Se me ha despertado el instinto motero antes que el maternal.

febrero 2, 2007. Barcelona. 1 comentario.

Tarzán de los monos

Tarzan

Dejarse engullir por un agujero negro cada mañana para ir a trabajar no es una experiencia recomendable para quienes sufren entre multitudes. Cuando, además, el gusano con motor que te lleva a tu trabajo va todos los días de la semana con retraso, y unos gatos desesperados no te han dejado dormir desde las cuatro de la mañana (teniendo en cuenta que, al vivir en una planta baja, es como si estuviesen debajo de mi cama), que tu mente funcione con la rapidez habitual se vuelve más complicado. Sin embargo, el sol se resiste a aceptar que estamos en enero, y si no me duermo antes, esta noche pondré la parte que me falta de “Tarzán de los monos”, que empecé a ver con cierta resistencia pese al entusiasmo nostálgico de M, y acabó atrapándome por lo políticamente incorrecta que es (los esclavos y animales mueren cada dos por tres ante la indiferencia-y la violencia-de los ingleses, pero si la intrépida Jane cae por un barranco, todos arriesgan su vida por ella, que naturalmente se salva), por la picardía seductora de la futura novia de Tarzán,  y  por el atlético e inexpresivo Johnny Weissmuller. Un mal día puede acabar bien, y con Chita haciendo de celestina entre una joven rica y un  musculoso salvaje, una se va a dormir con la sonrisa puesta, pese a todo.

enero 11, 2007. Barcelona, Cine. 1 comentario.

Uno cada diez minutos

bolso 

Dos tarjetas de crédito ampliadas por si acaso hacían falta en el viaje con el que ella y su marido iban a inaugurar el año. Un pintalabios Clinique. Dos tiquets para cambiar regalos de navidad. Un MP3 con teléfono, regalo de reyes de su marido. Las llaves de casa, del parking y del piso de sus padres. Dos teléfonos móviles. Su documentación. Los cleenex. Quién sabe cuántas cosas más. No me di cuenta y el bolso desapareció delante de mis ojos, mientras comíamos una ensalada post navideña y nos explicábamos eso que ocurre mientras hacemos planes. Ella y yo, que nos caímos fatal la primera vez que nos vimos, y aunque entonces parecía inimaginable hemos acabado confiando la una en la otra,  nos encontramos, una vez más unidas ante una situación desastrosa. Mientras hacía la denuncia, charlé con una chica ecuatoriana y otra marroquí, víctimas de sendos robos. La ecuatoriana me explicó que en los locutorios las carteras se desvanecen con una frecuencia desmesurada. Y que a ella, que entre otras cosas se le habían llevado la paga doble hacía media hora, le habían desvalijado al menos cuatro veces en Barcelona. En esta ciudad roban tanto como en cualquiera de América Latina, se lamentaba. Aunque había llegado un par de horas antes que nosotras, cuando cruzamos la puerta con la denuncia hecha y la vaga esperanza de que alguien encontrase la cartera con los documentos, ella seguía allí esperando a que la llamaran. Le deseé suerte y me entristecí por su larga espera, porque roben a los que menos tienen, por tener que sentirme culpable si no me aferro a mi bolso y me expongo a no volver a verlo en una ciudad que se vende de puertas a fuera como tranquila, segura y moderna.

enero 9, 2007. Barcelona. 2 comentarios.

Última semana para ver la World Press Photo

WPP

La vi a medias en la inauguración, así que tendré que darme prisa para disfrutarla con calma antes del domingo.La World Press Photo 06 nos muestra, desde los ojos de los fotoperiodistas que estuvieron allí para contárnoslo e hicieron clic en el instante decisivo, un abanico de realidades que fueron noticia en el 2005 y que reflejan, además de la actualidad en diversos lugares del mundo, lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. En las fotografías hay ternura, crueldad, compasión, humor, belleza, muerte, amor, terror… No creo que dejase indiferente a ninguna de las 20.000 personas que pasaron por el Centre de Cultura de Barcelona el año pasado. Uno de los ganadores de este año, Benito Pajares, dice que lo suyo es oficio. Diría que, además, hay sensibilidad artística y una voluntad de dejar testimonio de lo que sucede en lugares muy alejados de nuestras fronteras, físicas y mentales.

diciembre 12, 2006. Barcelona, Fotografía. 2 comentarios.

Frío

esquimal

 Aunque parecía que nunca iba a llegar, aquí está. Se llama frío y es el protagonista del día, por encima de los “nuevos enfoques sobre Irak” que proponen Bush y Blair (¿dejar a los iraquíes en paz de una vez?), la subida de los tipos del BCE y los intercambios de lindezas entre PSOE y PP. Y aunque me cae antipático y a veces me lo hace pasar mal, le doy la bienvenida y admito, casi a regañadientes, que empezaba a echarlo de menos.

diciembre 7, 2006. Barcelona. 1 comentario.

Navidad en otoño

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Lento, pero viene. Eso dice Mario Benedetti del futuro. Rápida aunque todavía parezca otoño (para que luego digan que no señales de cambio climático), se acerca la navidad. A varios de mis amigos no les gusta su brillo gastado de consumismo desorbitado, felicidad postiza y buenas intenciones que se disuelven en el humo de las chimeneas de las casas que aparecen en las películas norteamericanas con las que nos asedian las televisiones mientras tragamos casi a la fuerza mazapanes y turrón. No hay escapatoria posible, y aunque el año pasado me las ingenié para pasar en Egipto parte de tan felices días, y me sentí más cómoda descubriendo El Cairo que dejándome aplastar por el gentío de la Plaça Catalunya de Barcelona, esta vez debo resignarme y aprender a decir no, gracias, no quiero más comida.

diciembre 5, 2006. Barcelona. Deja un comentario.

Maullidos

Gato

Allí estaba de nuevo. La señora de los gatos, como solíamos llamarla Marcos y yo. Una mujer delgada, de unos sesenta años, con gafas de concha y falda gris, que llamaba a sus amigos felinos a gritos, en una alegre mezcolanza de maullidos y castellano.

Vas a acabar como ella, solía decirme Marcos. He de decir a mi favor que nunca me he dirigido a ningún animal en su idioma, aunque acaricio a todos los que se dejan y de este modo me consuelo por no dar cobijo a ningún ser peludo.

Una de mis gatas favoritas del barrio había parido hacía pocas semanas. Las crías empezaban a hacer sus primeras excursiones por los alrededores. La idea de llamar a Progat antes de encontrarme a alguna convertida en papilla bajo las ruedas de un coche me tentaba, pero no quería hacerlo sin comentarlo con la señora de los gatos, que parecía haberlos adoptado con una fiereza casi comparable a la de la gata que los había traído a este mundo.

Allí estaba de nuevo, dándoles de comer. Me acerqué e intenté llamar su atención:

– ¡¡Qué!! Los asustas Mira, se esconden de ti. ¡Vete! ¿No te gusta lo que hago? Claro, a todos les encantan los gatos, sí sí. ¡Y luego me ponen verde! ¡Sólo les doy de comer yo! ¡Vete ya! ¡Miaaaau! ¡Miauuuu!

En vano intenté explicarle mis buenas intenciones. Me alejé oyendo el eco de sus insultos y algunos maullidos desesperados y cariñosos obviamente dirigidos a los gatitos, que se habían escondido debajo del coche más cercano. Marcos me miraba desde la puerta de casa con una sonrisa de media luna pintada en la cara.

noviembre 29, 2006. Barcelona. Deja un comentario.